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Ahora
cuando la palabra amor mío habita más
en el vacío que en el espíritu de las gentes,
y, en consecuencia, la palabra abandono, sobre todo en verano,
parece que toma raíces más egoístas, seguro
que por no amar lo que ha de amarse sin letra de cambio y sin
medida, pienso en lo poco que cultivamos el amor desinteresado
y en la gran verdad de Camus, al referirse que el hombre tiene
dos caras: no puede amar sin amarse. Abandonarse al dolor sin
resistir, suicidarse para sustraerse de él, dejar tirado
en cualquier esquina a un animal/humano o a un animal/animal,
son estampas diarias que nos evocan el reinado del desamor
y el alma ausente. Mientras unos lo hacen como si no tuvieran
que morir, creyéndose señores de todo y de todos,
otros viven como si el verso se acabara con la muerte y se
mueven alocadamente veloces, sin escuchar al timbre del corazón,
hasta el punto de tragarse todos los semáforos de la ética
por la vía del desespero. Está visto que los
grandes progresos de la técnica y de la ciencia, que
debemos reconocer han mejorado notablemente la condición
de la humanidad, sin embargo dejan sin resolución los
interrogantes más poéticos de la esencia humana;
sentimientos que son tan necesarios como el inmortal aire que
respiramos, puesto que sin ellos somos prácticamente
piedras.
Cualquier
abandono es desgarrador. A veces la vida es un cementerio
de soledades. Lo cierto es que cada día cuesta más
abrir el corazón a los demás ante la espiral
de navajeros que trotan por el paisaje de las horas. En la
esfera de los sentimientos y de los afectos, los creyentes
saben que este sentido de la ausencia y el abandono de Dios
fue la pena más terrible para el alma de Jesús,
que sacaba su fuerza y alegría de la unión con
el Padre. Esa pena hizo más duros todos los demás
sufrimientos. Aquella falta de consuelo interior fue su mayor
suplicio. También los que dicen sentirse agnósticos,
esa sensación de rechazo estoy seguro que les genera
dolor, ya que los sentimientos, algo que todos portamos por
conciencia humana, son como esas flores delicadas que con la
indiferencia se mueren. De ahí, que la propia moral,
repose naturalmente en el sentimiento. No seré yo tan
categórico como Buñuel cuando dijo que la ciencia
no le interesaba porque ignora el sueño, el azar, la
risa, el sentimiento y la contradicción, cosas que le
eran preciosas y que yo añadiría, además,
que son precisas; pero lo que si es evidente que el sentimiento
de abandono, porque es la perdida del amor, erosiona toda estabilidad
y es capaz de derrumbar la más sólida quietud.
En
las hermosas noches de verano, descritas por Antonio Machado
como nadie, donde los pueblos tenían todos los balcones
abiertos, también tuvo necesidad de sentirse acompañado,
lejos de pasear sólo como un fantasma. No hay gozo sin
compañía. La medicina del amor cuando es amor,
de la amistad cuando es recíproca, es la sal de la vida.
No hay verdad más verdadera. El temor a que nos abandonen
puede llegar a ser enfermizo, al fin y al cabo la necesidad
de ser amados y aceptados es una aspiración innata en
cada uno de nosotros, una potencia de futuro. Como efecto de
enganche, no pocas veces intentamos ser como pensamos que las
otras personas quieren que seamos, y así evitar que
nos premien con la soledad que uno jamás desea. Cuestión
imposible y no deseable, uno es como es y al final, por mucho
que se autocastigue, acaba manifestándose tal cual,
y no hay que desvalorarse por ello, con la única salvedad
de los insoportables, que son aquellos machotes que se creen
geniales o aquellas féminas que se creen irresistibles
sin haber llegado a ser musas de nadie.
La
situación es esperpéntica. Parece como si el
tiempo supiese a abandono, mientras disparatadamente vamos
quemando el mundo transparente y bautizando objetos, que son
seres humanos, sin las aguas inocentes del verso. Lo diabólico
es que nos creemos cauce de vida y no pasamos de ser un estanque.
Para colmo de males, la pasión por el express ha dejado
los campos desérticos, las palabras sin semántica,
los poemas sin pausa y los tiempos sin reflexión. El
interés, que es ahora para angustia del mundo la polea
que hace familia, jamás ha forjado uniones duraderas.
En consecuencia, dejar plantado a alguien, dejarlo en la estacada,
puede venderse hasta con etiqueta de normalidad, que no viste
mal, al contrario puede ser un signo de chirigota. En la misma
línea grotesca, los goces de familia, aunque no se den
porque cada uno va a su interés, se dan otras gestas
que tienen su guasa. En todo caso, qué divertimento
más necio el de hacer daño, jugando a desabrigar
la margarita del amor. Habrá que cambiar la copla: Si
tú me dices ven, te abandono antes…
Confucio
tampoco tiene ya razón, cuando menos no está en
la onda del express, una casa de familia ha dejado de ser fuerte
e indestructible, la caducidad está de moda, ya no se
sostiene por las columnas de padre valiente, madre prudente,
hijo obediente y hermano complaciente; sino por el estandarte
de la utilidad. Me sirves, te sirvo. Qué pena. Y qué abandono
para esos hijos que sienten la amenaza de la desprotección
y la no pertenencia al grupo en el que han nacido.
Así ha crecido en los niños, como jamás
se ha visto, la ansiedad a borbotones, la angustia que atormenta
hasta la música que rige el cosmos, la depresión
que no hay coraza que aguante, la tristeza que enmudece los
ojos chispeantes de la inocencia… En suma, que la búsqueda
de apoyo y la necesidad de afecto está a la orden del
día.
Ahí siguen los horrorosos casos de abandono infantil,
de drogadicción en niños y adolescentes, de prostitución
y de otras situaciones dramáticas que afectan a la juventud,
que tienen su raíz en una vida familiar destrozada o rota
por diversas circunstancias. En cualquier caso, la frialdad actualmente
reinante hace perder consistencia a las comunidades humanas,
y, por ende, las personas, se encuentran en un desamparo cada
vez más acusado. Desde luego, las palabras del abandono
son las palabras de la amargura, del dolor silencioso, del que
llora en secreto. Sólo nos queda el consuelo cervantino,
como catarsis, de que más vale la pena en el rostro que
la mancha en el corazón. |