| El
diluvio fraudulento descarga en cualquier sitio. Parece que
las fuentes del fraude no se secan, ni aunque se amenace
con planes de prevención y las actuaciones
de control aumenten. Ahora se nos anuncia que, en este año,
los resultados de más de ochenta mil operaciones en
promociones inmobiliarias serán objeto de análisis
por parte de la Agencia Tributaria después de tres años
de trabajo y recogida de información del proceso integral
del desarrollo urbanístico. En la misma nube borrascosa
entrarían los delitos de blanqueo de capital que, todo
indica, se presentan exorbitantes. Todo esto lo que refleja
es una insolidaridad manifiesta. No hay cultura de ética,
sino de caraduras.
Lo
cierto es que vivimos una época de prácticas
injustas, a pesar de tantas normativas, de sobornos y de
fraudes descarados, que intentan eludir la justa contribución
a las necesidades de la colectividad. Otra cuestión
es cómo después se utiliza esa misma recaudación,
frente a una exclusión total y el ostentoso bienestar
y derroche de otros. No estaría demás sopesar,
con los máximos criterios de
control, la total imposibilidad de no cometer otra estafa con
el mismo fraude. Y que lo recaudado también sirviese
como desarrollo humano integral para que la marginalidad no
siga creciendo. Desde luego, una concentración
exclusivamente materialista como la que soportamos, y de ir
cada uno a lo suyo, aparte de correr el riesgo de caer en el
error del consumismo, tampoco es el camino para lograr la auténtica
felicidad. Lo que si suele cosechar el sistema, es una buena
ración de trepas, pura baratería, dispuestos
a poner al día el abecedario de la simulación.
Sin
duda, la colaboración de todos en la promoción
del bien general implica, como todo deber moral, una puesta
diaria y constante. El fraude y otros subterfugios, mediante
los cuales algunos burlan la obligación de las normas,
pienso que deben ser condenados por incompatibles con las exigencias
de la justicia. Pero, asimismo, en la misma línea, creo
también que deben ser sancionados aquellos que dilapidan
una recaudación que es de todos y de nadie. Por desgracia,
la corrupción es otro de los males que sigue enquistado
en las sociedades democráticas. La administración
es el administrador de los recursos de las personas y debería
administrarlos con objeto de asegurar el bien común.
Una recomendación similar sería para aquellos
políticos que son poder o que pretenden serlo, para
que la autoridad a ejercer o ejercida, sea de servicio transparente
y con poder de caducidad. |