Podemos
tener todas las palabras y los lenguajes, hablar en mil lenguas
y recitar de memoria las leyes siderales, pero la poesía
sin alma, paladeada en los labios de la vida, es como una
patria expatriada del alfabeto vivo. Nos cuesta ordenar los
días con sus ideas, los únicos que escriben
a corazón abierto. Todo lo mezclamos en este mundo
de ilustrados analfabetos. Pocos pintan en colores transparentes,
en autenticidad y lucidez. Entre otras cosas, porque le interceptamos
las fonéticas y tupimos las éticas. La verdad
siempre cierra puertas, lo que las abre es la superficialidad,
la percha (sea macho o hembra) y la pasta (sea en metálico
o en especie). Nos pueden los despropósitos y la escasez
de propósitos de enmienda. Realmente tengo miedo de
los cachorros loberos criados, recreados en las sombras. Nos
circundan demasiadas cosas que no encajan, como la de ser
violento para ser algo, plantar cara en vez de corazón,
planear desconcierto y hablar de alianzas. Esto es un circo
difícil de consensuar, de dominadores y dominados.
¡Qué dolor!
Entre
lo que se ve y lo que se va sin resolver por falta de tino
en el orden de las palabras y de tono, cuando se toma la palabra,
la ternura tampoco crece ni en las rosas. Las revueltas, movidas
por trepadoras víboras que se tragan las conjugaciones
de los verbos, dan vértigo. La moderación brilla
por su ausencia en todos los índices de la vida, incluido
claro está, el de precios al consumo. La desmedida
nos ha desordenado y ordenado a su antojo. Funciona la zancadilla.
Por poner un ejemplo, el ser humano antes que humano es una
cosa, nada prioritario entre las prioridades, al medir aptitudes
que son un caso. Se nos quiere reducir la calidad de vida,
a la habilidad para producir y ser útil. Esto genera
como efecto, una degeneración sin precedentes en la
historia humana, hasta el punto de considerar, por parte de
algún político de turno al que prefiero no acordarme
de su nombre, un derroche estatal utilizar recursos sanitarios
para personas que no pueden volver a la vida productiva. Servidor
tenía entendido que la protección a la salud,
como la educación sanitaria, más que ponerle
límites tan mezquinos como el de mercado, todo era
poco para impulsarla, fomentarla, maximizarla como dicen ahora
los informáticos. Pues, no. Cada uno empieza a valer
“salvarle” por lo que produce. ¡Qué
dolor!
Aunque
se camine por un valle oscuro, con filosofías encumbradas
incapaces de desescombrar ansiedades y, el espejo de la calle,
nos lance soledades humanas en estado de crispación
reprimido; pienso que recluirse en el silencio es lo último.
Toda presión aprisiona y, al final, estalla. Esto es
morir un poco cada día. Es verdad que son muchas las
cosas que nos deprimen, enferman y esclavizan. En parte, porque
no hemos sido educados para este universo de máquinas
que nos vuelve autómatas. Tampoco encajamos el diluvio
de rupturas, todo parece quebrarse y resquebrajarse. Las amenazas
y acusaciones están a la orden del día, es la
consecuencia de un modelo de desarrollo en el que sólo
importa enriquecerse a cualquier precio, crecer económicamente,
sin ajustarse a unos parámetros mínimos de ética,
rayando la ilegalidad en la mayoría de las veces. Las
secuelas dejadas nos muestran ya sus resultados. Ciudades
que debieran ser noticia como destino turístico, aparecen
en los medios de comunicación de todo el mundo, sumidas
en bochornosos escándalos financieros. ¡Qué
dolor!
Todo
parece que se ha desvirtuado, sacado de madre. El tiempo,
que todo lo juzga con objetividad, nos dirá que para
mal. Aquí nadie quiere alianzas, ni compromisos serios.
Para empezar, los matrimonios de siempre ya no son lo que
eran y la célula de la sociedad, ya no pasa por la
familia, sino más bien es una comunidad productiva
de intereses, muy distinta a la que con tanto fervor hizo
literatura Cela cuando descubrió que podía escribir
sobre lo que le rodea, sobre vidas y espíritus, mundos
cercanos y reales, para despertar pensamientos y alentar reflexiones.
Lo que hoy tanto nos falta, meditar y acompañarnos.
Volver al lenguaje de los clásicos estoy convencido
de que ayuda. Aparte de que nos entretiene con historias educativas
y educadoras, nos desenganchan de los malditos cotilleos televisivos,
invitándonos en plan barato a la irrepetible y singular
orgía de darle a la lengua con la sana lengua de los
viejos usos, usanzas, rutinas, estilos, modos, costumbres
y hábitos. No hay mejor escuela que la escuela de la
historia vivida. Sienta cátedra. Sólo así,
enraizados en lo que fuimos, podremos seguir siendo el árbol
frondoso de un futuro cierto, sin tantas incertidumbres como
las que ahora padecemos. Por contra, guillotinar raíces
que nos sostienen, seca el raciocinio y nos reseca el aire.
Sin horizonte, ya me dirán, qué hacemos para
esperanzarnos. ¡Qué dolor!
¡Qué
dolor! Los talantes de los que tanto hoy se habla en romance
de bobos, no tienen pizca de talento. Es puro pasatiempo.
Más de lo mismo es lo de tender puentes y apuntalar
relaciones de buena vecindad, suele quedarse en un frío
gesto, cuando habría que tender viaductos, acueductos,
pasarelas, cigoñales, y doquier plataforma que nos
acerque. A los gobiernos suele ensamblarle más el sectarismo
que la apertura, por desgracia. Y es que, en vez de tomarnos
el pelo, debiera caérseles el pelo cuando nos dan un
corte de mangas. Ahí está el flamante ministerio
de la vivienda que tanto nos ilusionaba su llegada, por aquello
de pensar que no descansarían hasta abaratar los precios
del sector inmobiliario, que hasta ahora ni se ha notado que
lo tenemos, salvo por algunas declaraciones de salón,
como la de refrendar el prestigio de la arquitectura española
en el mundo y la capacidad de innovación de los arquitectos
españoles. ¡Cómo si nuestros arquitectos
necesitasen del aval de un ministro! Todo funciona por bellas
palabras sin sentido, para nada embellecen el bien común,
más bien nos envilecen. Algo huele a vacío,
invertido, desarreglado, descompuesto, desquiciado... ¡Qué
dolor!, el dolor de volvernos un cero al cociente en un mundo
dividido por dividendos descaradamente corruptos. Alguien
tendría que poner techo amigo Sancho en este planeta
que se nos va de las manos, diría Don Quijote.