Cuando
el calor aprieta, o la depresión me alcanza, suelo
huir a las soledades de los clásicos en busca de aire,
a respirar sus sílabas; y, después de pasarme
un tiempo arropado por el silencio de la belleza, retorno
a este ruedo de salvajes con más poesía en el
alma, dispuesto a combatir con la metáfora, (siempre
con ella para romper frialdades), poniéndome del lado
de aquellos humanos que la sociedad no los considera productivos,
ni con derecho a una digna calidad de vida. Para andar conmigo
necesito andar con ellos, y si debo sacrificar alguna ración
del bienestar propio me importa más bien poco, en contra
de esa otra mayoría que propone reducir el número
de comensales en la mesa de la humanidad, no se vaya a racionar
el derroche de gozos que, egoístamente, se llevan a
los labios cada día. Pienso que sería lo racional
de ese hombre, bautizado por Lope de Vega como “ese
triste peregrino”, la de compartir y fraternizar.
Volviendo
el sueño apacible a la lectura sugestiva de Lope de
Vega, encadenado el paladar a este terceto, donde “el
alma y cuerpo son las diferencias; / el cuerpo tierra, el
alma cielo alcanza, / y las virtudes son las diligencias”;
uno llega a la común raíz existencial de combatir
la locura del que nada tolera por su torpe ceguera fanática.
El amor contra el odio, la verdad contra la mentira, es innato
en “ese triste peregrino”. Es un tronco común
del bien contra el mal, que no puede troncharse. Si tuviésemos
más cercana la virtud de la prudencia y del consenso,
dejaríamos de levantar muros en espacios comunes. A
uno le cuesta entender, por bajar al tormento de la noticia,
que la prioridad para algunos de nuestros políticos
sea la de parcelar España como nación y propugne
la estupidez de una soberanía mezquina, cuando todavía
hay muchos ciudadanos carentes de lo básico, debido
a un desamparo total en política social y económica,
cuestión que no cuadra en un marco equitativo de estabilidad
económica de una patria común.
La
ética debe estar inspirada en el encuentro compartido
y no en una serie de indicaciones o sueños irrealizables.
Se trata de un ensamblarse de amor, “ese triste peregrino”
ahogado en un mundo material, refugiado en callejones sin
salida. Para calmar esa sed de infinito que hoy poseemos,
se precisa renovar lo humano e innovar el saber con el abecedario
del universo, siempre vivo y siempre cultivado. Si uno se
encuentra en este centro poético, pétalo de
vida, la alegría se lleva consigo. Vemos, con frecuencia,
que para desarrollar un trabajo no es suficiente la profesionalidad,
las muchas titulaciones conseguidas, sino más bien
el que pone alma en lo que hace. Es necesario el amor por
hacer bien las cosas. Esto tiene una dimensión profundamente
mística. Capacidad y mérito, pues, no es suficiente
para desarrollarnos como personas, precisamos establecer un
intercambio de bienes. Por desgracia, esta sociedad nos pone
el cebo del consumo como guinda a llevar a la boca. Confusión
grande el que así saborea la vida, puesto que la satisfacción
resurge de la solidaridad, de la cooperación entre
todos y de la interdependencia de todos.
Es
en el verano cuando “ese triste peregrino” suele
viajar más. Ahí está esa nube de coches
y personas. Algeciras recibe el mayor aluvión. Si nos
alegra que el buen funcionamiento y coordinación de
todos los dispositivos evita que se colapse el puerto algecireño,
no menos gozo percibimos cuando el encuentro genera un clima
de buen entendimiento y armonía. Esto nos enriquece
a todos para una mejor convivencia en el mundo. Sin duda,
es una ocasión propicia para la solidaridad. Nos hace
ver otras culturas y otros cultivos, tomar conciencia de la
responsabilidad que todos tenemos con respecto a diversas
formas de vida y a las situaciones de miseria y explotación
que sufren tantas personas en numerosos países del
mundo.
Ahora,
“ese triste peregrino” tendrá un anzuelo
menos. Otro gozo más que me bebo para regocijo del
espíritu. La Unión Europea espera (y servidor
lo desea) que la directiva comunitaria que prohíbe
la publicidad del tabaco, ya entrada en vigor, haga disminuir
el apego a ser chimenea de humo y acreciente el afecto por
ser cauce de verso. Lo mismo habría que hacer con la
pornografía y la continua exaltación a la violencia
en televisiones y otros medios. En la misma línea;
resulta bochornoso, a estas alturas de siglo, la información
suministrada por ciertos comunicadores y determinadas empresas
insensibles a norma ética alguna. Olvidan, (quiero
pensar que no es adrede), que la sociedad tiene el derecho
a la información basada en la veracidad, desde una
libertad que no lastime el bien de la generalidad.
La
poesía me vuelve a dar el norte al artículo.
Bajo el torno del ingenioso y singular Lope de Vega, que en
la poesía vive para esta tierra de sombras y luces,
apunta libre cuando dice: “creer sospechas y negar verdades/
es lo que llaman en el mundo ausencia, / fuego en el alma
y en la vida infierno”. A lo que servidor, repunta:
érase una vez “ese triste peregrino” que
pensando llegar antes a un destino, a la ciudad donde saciar
el cuerpo, olvidó el alma y se armó la baile
de la dependencia al hocico de labio grueso. De tanto consumir
el tiempo viciadamente, se volvió ciego. Una curva
la tomó recta y se topó con la hora suprema.
Por no escuchar la conciencia prefirió quedarse también
sordo. Igualmente perdió el tacto y el gusto por hacer
contacto sin gesto humano alguno. Regresó muerto de
pena, porque le faltó corazón para seguir viviendo.
De este modo, malgastó su tiempo libre y la vida no
volvió atrás.