Llegamos
tarde a tantos sitios que nos toman por el pito de un sereno.
Por ejemplo: Queremos hacer justicia con una justicia a vapor
y lo que es justo se convierte en injusto. A los pobres se
les presta auxilio tarde y en desigual manera. De la espera,
los excluidos que no pueden esperar por más tiempo,
se nos mueren en la desesperanza sin poder incluirse en la
bonanza de la vida. Por si fuese poco el desquicio, fomentamos
una educación a destiempo y la buena crianza también
se nos va de las manos. Somos incendiarios. Ponemos la mecha
en doquier arboleda y lo arrasamos todo, sin importarnos nada.
El fuego si que no perdona. Luego, pasa lo que pasa. Los efectos
están ahí, las hectáreas devastadas superan
todos los registros del último decenio. En suma, somos
presa de un desconcierto total, inmerso tanto en nuestras
vidas y quehaceres, que ha dejado de ser noticia por la aceptación
de un resignado patrón al que no se le planta reeducación
y mucho menos se le replanta rescate.
Que
los niños son usados como soldados porque son baratos
y obedientes, ya lo sabemos. Es lo mismo de siempre. Pero
ahora nos trae sin cuidado, a estas alturas de siglo. Parece
que nos queda lejos ese ambiente de esclavitudes. Sin embargo,
el mundo es más chico de lo que se piensa. UNICEF nos
pone en alerta, antes de llegar tarde, a fin de remediarlo.
Lo dicen bien claro y alto, para que nadie después
se vuelva a engaño. Los niños acaban convirtiéndose
en asesinos y cometiendo atrocidades en nombre de causas que
no entienden, bajo los efectos de las drogas o adoctrinados.
Son niños que proceden de familias desestructuradas,
de bajo nivel económico y social, privados de educación
y abandonados por sus familiares que pueden llamar a nuestra
puerta de la noche a la mañana. De momento, lo están
haciendo al corazón de cada uno de nosotros, mostrándonos
su mirada de pena y el alma de sufrimiento. En la misma línea,
por desdicha, también en el mundo de la desigual opulencia
los niños son el anzuelo para pedir, porque dan lástima
y cargo de conciencia. Está visto que este mundo, en
todos sus puntos cardinales, tiene poca caridad con los débiles.
O sea, con los inocentes. ¡Mecachis!
Andamos
de desquicio en desquicio, resentidos en el sinsentido, desencajados
de sentidos comunes y más inestables en docencia que
un santo burro. Todo este desajuste nos sorprende hoy en día,
en parte porque hemos llegado tarde a superar la ética
de los discernimientos. La actual y palpitante crisis educativa
que sufrimos los españoles es de un fracaso bestial,
propio de un sistema de indisciplinas y no pocas frustraciones
de los maestros. Los poderes públicos deberían
emplearse a fondo para homogeneizar una educación de
calidad, respetuosa sobre todo con el más humilde,
en verdad y en tiempo. Los excluidos son los más necesitados
de una educación integral para un pleno desarrollo.
Al final, esto de caminar por la vida sin oportunidad alguna
educativa es un arma que acaba siempre por dispararse contra
el que la emplea. Para colmo de males, tampoco la justicia,
ni las prisiones, en las que se nos va un dineral, cultivan
lo de restaurar mentes. Soy de los que pienso que a los infractores
hay que tenderles una mano educadora para que puedan reincorporarse
a esta vida, en ocasiones más de perro que de seres
humanos. Eso sí que sería estar a la vanguardia
en cuanto a los derechos y deberes ciudadanos.
Alguien
dijo que la mitad de nuestras equivocaciones en la vida nacen
de que cuando debemos pensar, sentimos, y cuando debemos sentir,
pensamos. Algo parecido le debe pasar a los que pretenden
instaurarnos una España enquistada en el desquicio
del divide y vencerás, con unas propuestas estatutarias
que no tienen concierto alguno, solidez, ni solidaridad. Personalmente
me da la sensación de que estamos fuera de órbita
en cuestiones de lealtad indisoluble en cuanto a la unidad
de la nación española. Esto es, cuando menos,
para reflexión de todos con todos. Ya lo advirtió
Lorca que el más terrible de todos los sentimientos
es el sentimiento de tener la esperanza muerta. A lo que yo
añadiría: y la cabeza mal amueblada. No se puede
vivir en el sobresalto, ni en el hazmerreír del mundo.
Instalarnos en la desilusión que viven una creciente
parte de ciudadanos a los que no se les escucha, ni se les
deja conversar sosegadamente, debido al guirigay de mordazas
y miedos que soportan, es una forma de pararse en seco que
no genera para nada progreso alguno. Eso de ampararse en el
desaliento es un mal fruto y una necia semilla que puede volverse
cardo borriquero.
Al
final pienso que los únicos que hasta ahora han llegado
a tiempo fueron nuestros soldados españoles en las
elecciones afganas; el soldadito español de siempre,
tan don Quijote, dispuesto a dejarse la vida contra los molinos
que siegan libertades y justicias. Me alegro por ellos y por
su espíritu aventurero de cuidar que pueda germinar
la siembra de valores soberanos. Convendría seguirles
el paso y recargar fuerzas educativas y educadoras con el
tesón de su fortaleza de alma y reemprender una nueva
misión, la de volver los ojos a la patria mía,
para apuntalar su integridad territorial y el ordenamiento
constitucional. En este desquiciado bamboleo de dimes y diretes
yo me creo cualquier cosa. ¡Y vaya lo que se escribe!
Eso de largar lenguas y revolver voluntades, de perder el
equilibro y desequilibrar conductas, se ha puesto de moda.
Una vacuna a tiempo es un seguro democrático de futuro,
ante el aluvión de inseguridades, que a todos nos interesa.
Tiempo al tiempo.