Sopla
una brisa loca, sobre todo destructora de corazones, a la
que habría que poner remedio, porque a ésta
suele sucederle –como bien saben los marinos- el recio
vendaval. Aprietan, además, otros aires que nos encarcelan,
son aquellos, tan de moda hoy, que nos vuelven un veleta.
Se trata de un modo de vida en el que las cosas nos dominan
a su antojo, tras engatusarnos con historias increíbles
basadas en necesidades ficticias. Respirar tiene su precio
en oro, pensamos y asentimos. Todo sea por una mejor orientación
de vida, nos decimos. Y casi, apenas sin darnos cuenta, nos
hemos enajenado, previo hipotecar el pensamiento libre. De
pronto, parece como si el mundo fuese una trama de vendedores,
donde cada cual realiza su propio montaje para engañar,
embaucar, burlar, seducir, embelesar, encandilar, deslumbrar,
alucinar, pasmar, embobar... Lo de dar gato por liebre está
a la orden del día en este desorden de noches, lo sabemos,
pero tragamos.
Así
hemos llegado al momento presente con una constitución
europea ausente del cristianismo y, sin embargo, presente
en todo el pueblo. Sólo hay que ver la intensa y emocionada
participación de las gentes en los ritos de la Semana
Santa. Buena falta nos hace, porque tal y como está
la situación, ruidosamente arruinada y ruinmente huracanada,
los gobiernos debieran poner todo el empeño posible
en dictar normas consensuadas al máximo. La crispación
alcanza límites peligrosos. Ya se sabe que el consenso
no es fácil en un mundo tan desigual. Sin embargo,
sólo así se puede avanzar y entenderse. Está
bien eso de proponer códigos de conducta, de buen gobierno,
inspirados en los valores constitucionales, pero si después
no se cumplen los pactos en favor del bien de la generalidad,
ni se garantizan los derechos humanos de los débiles,
de nada sirven las buenas intenciones. El no respetar, por
ejemplo, la vida de los que incluso no se pueden defender,
es un nefando crimen contra la existencia, que habría
que poner techo por el bien de la humanidad entera.
De
igual modo, es cierto que no podemos permanecer inermes frente
al diluvio de amenazas terroristas y del crimen organizado,
atmósfera que ha de ser limpiada conjuntamente, tendiendo
puentes entre Estados que pueden ser distintos en identidad
pero no distantes en cooperación. Pienso que, a veces,
es más importante combatir las fuentes que financian
el propio terror, caiga quien caiga –como dice un programa
de la tele-, que al brazo ejecutor. Si, por el contrario,
no se depuran responsabilidades a tiempo, las garantías
del sistema democrático se ponen en entredicho, cuestión
peligrosa y nada recomendable. Con razón se dice, que
cuando el mal se enquista, lo mejor es salvar la raíz
y podar el árbol para que renazca con otra fuerza más
frondosa en autenticidad.
Las
contrariedades pasan factura y acrecientan incertidumbre.
Es lo que hoy se percibe, una especie de tufo que traba, un
vacío intelectual adormecido que es incapaz de ofrecer
soluciones y alternativas a valores profundamente dañados,
como es la libertad incondicional, envuelta en mentiras y
desamores, epidemia que deprime en vez de injertar esperanza,
tan simplista como devastadora. Nadie puede dar lo que no
lleva consigo, y la ordinariez de algunos ciudadanos que ejercen
algún tipo de poder (legislativo, ejecutivo o judicial)
es bien palpable. A más de uno le haría falta
acudir a alguna escuela para que le enseñasen hábitos
democráticos. Muchos ciudadanos empiezan a estar cansados
y sienten bochorno de oír siempre la misma cantarina
de impulsar instrumentos comunes para que Europa sea un paraíso.
Lo malo es que hasta ahora lidera pocas cosas; si acaso nos
llevamos la palma en lo de sangre, sudor y lágrimas.