Más
de uno ya necesitamos vacaciones cuando apenas ha comenzado
el otoño a vestirnos de poemas al abrigo del cielo.
Vivimos al vértigo de la frontera, al límite
de un linde de esclavitudes. Lo cierto es que cada día
resulta más cansino este trajín de vida a ninguna
parte y a todos los precipicios. De tanto galopar inútil,
en la búsqueda y rebúsqueda de falsos triunfos,
olvidamos que el corazón necesita sus pausas como ese
viento que saborea los perfumes otoñales y las atmósferas
desnudas de los árboles. Queremos estar en todas partes
y en todos los poderes, para ganarnos una zona de privilegio
en esta jerarquizada tierra, aunque para ello tengamos que
relegar a coherencias, principios y demás vínculos
humanos de recta razón y sabia alma. Por desgracia,
aumentan las famas que se cotizan con dinero falso. Se hace
posible lo imposible, divulgar y esparcir conductas adulteradas,
acreditar postizos líderes y hasta dar voz a dirigentes
que no son otra cosa que la solapada voz de su amo.
A
mi juicio, la riada que circula de dinero falso está
poniendo en entredicho las estaciones humanas, el futuro del
ser humano como identidad propia en una sociedad enrejada
al poder de lo útil. Se argumentan falsos conceptos
y se fundamentan falsas leyes. Las reglas del juego suelen
contradecir los derechos fundamentales y eso, por mucho lavado
de cerebro que nos hagan, nos lleva a una bajada de moral.
Pongamos un paradigma de reciente noticia: “El coste
laboral debido a la baja productividad supuso a la economía
española 69.991 millones de euros en 2004, lo que representa
el 8,1 por ciento del PIB, según un estudio de Proudfoot
Consulting”. Pienso que este resultado, en parte, no
es más que una consecuencia de la falta de incentivos
sensatos al deber de trabajar y al mal concebido derecho constitucional
a la promoción humana a través del trabajo,
y, por ende, a una remuneración más justa y
suficiente para satisfacer necesidades básicas que
tienen las familias. Los hogares suelen estar endeudados hasta
los dientes porque el sistema así lo potencia (más
dinero falso puesto en circulación), favoreciendo de
esta manera sumisiones y servidumbres hasta la médula,
dependencias y sometimientos hasta el corvejón; abusos
y dominaciones puestos a la orden del día, que se cepillan
el estatuto de los trabajadores y nos quedamos tan frescos.
A
mi manera de ver, debiera pasar con urgencia esta fiebre tentadora
de dinero falso con la que nos quieren adquirir hasta la propia
vida. El disfraz es lo que más se lleva en estos momentos
para tortura de los que vivimos en este planetario. Ante este
estado de continuos y constantes desaciertos, creo que la
franqueza no puede reducirse a un sentimiento de andar por
casa, sino que implica tomar la calle en conciencia y a favor
del ser humano como persona; haciéndolo únicamente
por lo que se es, no por lo que quieren que seamos, un ancho
y puro negocio. Me niego a esta compraventa o a la indiferencia
de contemplar como una película más, el drama
que viven algunos nacidos. U otros que no les dejan nacer,
por fomentar ciencia sin alma. Comprendo. No es fácil
digerir la verdad, suele ser más engatusador lo aparente.
Sobre todo, ahora, que tenemos tantos asesores farsantes.
A la primera de cambio te confunden y desorientan. Esto pasa
con la educación y lo educativo. Pensábamos
que era la base ideal para un buen desarrollo y, lo es, cuando
es instructiva y no moneda de cambio del gobierno que gobierne.
Por eso, esta educación sometida al político
de turno yo la pongo en duda. Suena más a adoctrinamiento
que a magisterio.
Ciertamente,
cuando se profundiza en ciertos proyectos, normas y reglamentos
educativos, y se observa que germinan (o pretenden germinar)
sin equidad, rectitud, ni salvaguarda al esfuerzo humano;
y que, además, se rehuye de todo injerto responsable,
tal vez porque también se siegan libertades sin ton
ni son, se niegan derechos y se impone un sistema, resulta
que uno acaba por negar que esta educación sea un pasaporte
para un futuro mejor. El mundo actual, desde luego, sufre
una falta de cultura total sobre derechos humanos. A poco
que nos adentremos en nuestro espacio más cercano con
los ojos de la autenticidad, observaremos que también
en nuestra sociedad, avanzada y avezada más por el
dinero falso que por el corazón, se acostumbra a actuar
en el marco de unos derechos, en demasiadas ocasiones, más
de boquilla que reales. Sólo hay que ver el creciente
número de ciudadanos (personas naturales o jurídicas)
que todavía, después de tantos desarrollos constitucionales,
acuden en amparo al Tribunal Constitucional.
Es
hora de pasar a la verdad. No puede haber alianza de civilizaciones
cuando se juega con las personas, se pone dinero falso en
circulación sobre la mesa de un Estado social y democrático
de Derecho, (entiéndase el símil del caudal
disfrazado, por: dignidades de la persona perdidas, desigualdades
en educación que para nada integran, truncamiento al
derecho a la vida, y tantos otros fondos sin fondo de forma
justa), y se destruye cualquier tronco de luz que pueda unirnos.
Para mayor calvario, esta crisis de valores que sufrimos comienza
a ser un cáncer incurable en la persona, en su autoestima
individual, dejando al ser humano en una sensación
de perpetuo descontrol. Esto no se cura con calderilla simulada,
ni con seudo sonrisa, y, todavía menos, con palmaditas
frívolas. Frente a la encebollada música mitinera
y a los cebos de las frases vacías que retransmiten
los bocazas, nos queda lo de siempre, el diálogo, pero
en conversación distinta, o sea conjuntada. Se ha de
basar en la verdad y en la comprensión recíproca
a un tiempo. Entonces creeré que un nuevo capital,
más de la poesía que del poder, ha tomado el
mundo por montera. Y el montante, sin duda, será: una
vida más esperanza y una esperanza más vida.