Días
pasados salí a navegar con la mirada, deseoso de reencontrarme
con la vida, y he puesto los oídos en el corazón
para escuchar el abecedario de los días en los labios
de las gentes. Me asaltó una corriente de gritos y
un mar de sables. Escuchar tantas desdichas, por falta de
amor, traspasa el lenguaje de la piel. Es como un furioso
taladro dispuesto a ensordecernos, porque la angustia no cesa.
Son muchos los caminos de la miseria y pocas las solidaridades
verdaderas. En la cuna del hambre, todavía la cebolla
de Hernández es escarcha. Se precisan, en consecuencia,
corazones sin orgullo, raíz del viento bravo, que tengan
los párpados del verso y la humilde valentía
de ponerse al servicio de personas necesitadas. Ante la desgana
de vivir que se nos avecina, necesitaremos mayor sabiduría
y mayores recursos de carácter alentador, si queremos
envejecer con el ánimo puesto en valor de vida. Esto
implica reflexionar sobre las obligaciones mutuas entre las
diversas generaciones y culturas. Los cuidados humanos de
juntar corazón con corazón, continúan
siendo la mejor asistencia a la resistencia del dolor.
El
problema de España no es muy distinto del problema
del mundo. En este nocturno desengaño que vivimos,
la decepción nos inquieta. La irresponsabilidad es
la corteza del guante que mueve una mano egoísta, sin
principios, con rabia de odios y desagravios. Todo el mundo
quiere su gloria nacional para sí y surge el espíritu
de Judas. No hay ternuras. Sólo tentaciones y ostentaciones
de poder. La vulgaridad gobierna, bajo un gobierno sin cerebros,
con intelectuales sectarios y juristas sin garantías
de ley natural. Consecuencia de todo ello: El caos se sirve
en bandeja en este diario de hambres y desasosiegos. La jefatura
del descontrol se proyecta en todas las arenas. Así
resulta imposible acomodar la diversidad social y fomentar
cohesiones de familia. Hemos perdido el corazón y la
benevolencia, la blancura de la generosidad y el afecto de
lo tierno. Que se lo digan a esa madre de Granada después
de habérsele negado la asistencia médica a su
bebé, pese a la insistencia de que el niño podría
estar ciego de un ojo, por carecer de tarjeta sanitaria. Este
es un testimonio bochornoso de los muchos que suceden a diario
en esta frontera de la mezquindad. Alguien debería
asumir responsabilidades ante tanto irresponsable. Cuesta
entender la vulneración y el descaro a derechos (y
deberes) fundamentales. Cuando se vuelve costumbre la necedad,
o el papeleo de la burocracia sin alma toma cuerpo; no hay
principios de buena fe, ni sentido común que se forje
en un espacio de zancadillas y leones.
No
es cuestión de vociferar continuamente el total respeto
a las reglas del juego constitucional, si después no
se cuidan las virtudes constituyentes sociales y los espíritus
de las letras. El llanto es patente. Como dijo el poeta: “Lloran
los tristes que auxilio imploran, / siempre los buenos son
los que lloran, / ¡nunca el perverso supo llorar…!”.
Lloran los que por necesidad emigran más que por opción.
Suspiran los que viven en tensión continua bajo la
zozobra de un desgobierno. Gimen los que la angustia de esta
vida le oprime el alma. Se quejan las familias que no reciben
ni un euro de ayudas sociales. Se afligen los mayores, las
personas dependientes, por haberles congelado programas de
compañía. Se duelen los jóvenes que van
de fracaso en fracaso. Demasiado cáliz para tan abreviada
vida. Tal y como esta la selva de salvajes, considero que
sería bueno rendir afectos al aluvión de víctimas
del nuevo siglo. Hacerlo con los ojos limpios y los brazos
abiertos es lo humano, debiera serlo, como esa enredadera
que se crece al tronco del ciprés.
Todo
gesto es poco para manifestar el rechazo a la miseria humana
y para hacer una llamada a la humanidad, para que unidos hagamos
respetar los Derechos Humanos. Tan nombrados de boquilla y
tan ausentes de manilla. El jardín está doliente.
Yo mismo, buscando vida, encontré dolor por ciudades
y pueblos, caravanas de la muerte, tipos agresivos y ademanes
que nos dividen en vez de unirnos. Es significativo el hecho
de que la UNESCO haya elaborado recientemente una Declaración
sobre Bioética y Derechos Humanos ante el diluvio de
angustias que nos acorralan. La elaboración de un documento
para que sirva de guía a los Estados, individuos, comunidades
e instituciones en el ámbito de la medicina, de las
ciencias de la vida y de las nuevas tecnologías, confirma
la importancia de ponerse manos a la obra a favor de una vida
más vida, sobre todo en relación con aquellas
personas más vulnerables y más expuestos a manipulaciones
y abusos.
Los
puñales de la indiferencia te los encuentras en doquier
esquina, dejando sin poesía un corazón de inocente
verso. La tierra huele a traición y el acero frío
de las horas apedrea con dureza libertades. Es horrible para
una sociedad que se dice civilizada, el apostar antes por
las rejas del derecho penal como admitida venganza social
que por hacer justicia donde cohabitan desigualdades. Lo de
decir la verdad y ser transparentes, lo de caminar por el
camino del corazón, no por la senda de la hipocresía,
se ha desvanecido como esas hojas de otoño que juegan
delante de nuestros labios a ser memoria viva de un destino
único. Ha llegado la hora, pues, de trabajar juntos
con valentía por un humanismo capaz de construir la
ansiada luz de paz. Para ello hay que tener los ojos bien
abiertos. La meta no es la afirmación (ni la reafirmación)
de uno o del otro, de un mundo en otro mundo, sino la realización
de una civilización que habita en una misma casa. Sólo
el arte de la donación es el camino paciente para hacerse
y rehacerse a la vida. El mundo está cansado de llorar
miedos, de nublarse de penas. Y de penar dolores, bajo los
sufridos silencios de la muerte.