Por
las verjas del camino reverbera aceleradamente un surtidor
de faroles humanos que se desenvuelven como un enjambre de
mosquitos. Tengo la intención de huir de este macabro
tormento, perderme por entre las nubes de los poetas y ascender
a los azules labios de la naturaleza. Desde que respiro estos
murmullos de petulancia se me ha ido la alegría de
los labios, llevo la alergia a flor de piel y el corazón
embalsamado. El único espectáculo que me tranquiliza
proviene más de arriba que de abajo, de las alfombras
siderales, de los pétalos celestes, de los altos lagos
de estrellas, del esbelto árbol del universo y del
mar de los sueños. Aquí, ya se sabe, lo que
se esconde debajo de los tapices. Por desgracia, más
imposiciones que propuestas. Todo se quiere imponer por ley,
aunque la norma nos desordene las rosas de la vida y nos rompa
el espejo del alma. Platón mismo lo dijo: la belleza,
en el mundo, es la cosa suprema. Sólo para alumbrarla,
se hizo la claridad. Ahora, para dolor del alma, se hacen
sombras los humanos para deshumanizarse. Más de una
vez nos olvidamos de aquel célebre verso: Ser admirado
es nada; ser amado, algo es.
Al
parecer el amor, cosa antigua, no interesa. El duradero, sobre
todo, es una pesada carga a juzgar por los voceros. Lo que
mola es desunir. Es la vanguardia. Detrás de todo ello,
creo que hay una coacción inverosímil, enfermedad
de los tiempos actuales. A veces cuesta entender esta fiebre
de voces contradictorias, nacientes de algún poder
de Estado. Dan la sensación de querer cambiar nuestra
forma de pensar, lo que es tradición de siglos, y el
fondo de nuestro ser, bajo el sonsonete impacto de la ley.
Pienso que es una señal ilógica y abusiva. Disgregar
lo compacto, como dividir mundos, no es bueno. Cuando se desmorona
la primera célula social, el vínculo de la familia
y se pulveriza el matrimonio, la chispa de la vida también
decrece. Para muestra un botón. Ya tenemos los resultados
totalmente negativos de los hijos de padres separados, atmósfera
que ha sido (y es todavía) abonada solapadamente por
algunas superioridades. La unidad familiar no es ningún
vestido de quita y pon, según estaciones de vida. El
efecto siempre es penoso. Precisamente, el impacto del divorcio
es el hilo conductor de un nuevo libro, «Between Two
Worlds: The Inner Lives of Children of Divorce» (Entre
dos Mundos: las Vidas Íntimas de los Hijos del Divorcio)
(Crown Publishers). La autora, Elizabeth Marquardt, entrevistó
a más de un millar de adultos jóvenes tanto
de familias divorciadas como de familias intactas, y llevó
a cabo entrevistas en profundidad con cerca de un centenar
de ellos. Su conclusión, ha sido bien patente: “Aunque
la separación sea necesaria, no existe ninguna que
pueda ser calificada como buena, dado el coste que implica
para los hijos”.
Esto
sucede por resignarse a todo y dejar que los males dañen
de goteras los sanos corazones. Para dolor nuestro, como ya
dije, el amor se ha desvirtuado del divino licor, de los labios
de las flores y del incienso de los enamorados. Al igual que
un lamento de grillos cada cual canta su pena. En ocasiones,
porque se ha perdido coherencia entre lo que se dice y lo
que se hace; y, otras veces, por desistir de lo que en verdad
se siente. Se necesitan otras canciones más apacibles.
Ya estamos hartos de la misma cantinela crediticia, la de
competir por competir y la de compartir por interés
del capital. Un verdadero tormento. Me alegra que también
Saramago apueste por ese mandamiento de luz, tan necesario
para volverse un corazón blando: “Nuestra única
defensa contra la muerte es el amor”. Sin duda, sobran
las vías para aumentar la productividad y faltan productores
de amor que, en verdad, nos alegren los días. Yo mismo,
hace tiempo que paso de recibir voz alguna proveniente del
surtidor de los faroles, porque su faz de bienestar, socialmente
interesado, me quema y esclaviza. Para nada me fascina vender
mi vida a este diablo de retos sin alma, sin estilo alguno
y con poca educación.
A
los hechos me remito. Que a estas alturas de siglo, con la
proliferación de tanto surtidor de faroles, todavía
se tengan que dictar normas de urbanidad es síntoma
incuestionable del nivel de carencias que poseemos. Que se
tengan que preparar planes para controlar los alrededores
de los centros escolares, con la finalidad de atajar el aumento
de actos de violencia y de tráfico de drogas que acecha
a los alumnos a las entradas y salidas de clase, resulta de
igual modo bochornoso. Que el valor de las pequeñas
cosas que enriquecen la vida y nos enseñan a descubrir
el sentido de vivir, sea historia pasada corrompe el pensamiento
y rompe las bellas realidades. Bajo este estado de confusión
y convulsión se mueve el ciudadano hoy en día,
lleno de temores y tensiones, cerrado en sí mismo,
insatisfecho.
Cesen
los faroles que la vida es más seria que todo ese juego
de trampas. No me importa subrayarlo. Soy de los que pienso
que las faroleadas de algunos dirigentes políticos
nos están llevando en volandas a una incertidumbre
de Estado. Algo tremendo. Las crisis nacionales no benefician
a nadie. Y cuando menos, en España, habemus descontrol.
Un signo nefasto, puesto que genera inestabilidad e inseguridad
a raudales. Sin duda, este tipo de revuelos y revueltas debemos
tener mucho cuidado en no encenderlas. Luego se almacenan
rencores que son de difícil olvido. Por eso, yo le
pediría al surtidor de los faroles, una vez más,
que tomase otro tren menos fanfarrón, más humilde
que estirado. Eso de estirar la arrogancia y jugar al capricho
del político de turno, siempre revierte en un clima
de crispación y en un oleaje de fobias. Si fuésemos
más autocríticos y sinceros, más del
amor y de la vida, estoy seguro que tomaríamos otras
vías más coherentes y menos agitadas, más
respetuosas con la persona y su manera de pensar. Sería
una buena manera de conseguir ese amor imposible, la alianza
de civilizaciones.