Seremos
obedientes. Nos paramos a recapacitar sobre lo que dice el
secretario de Estado para el Deporte y presidente de la Fundación
Deporte Joven, Jaime Lissavetzky, con motivo de presentar
en la sede del Consejo Superior de Deportes el programa de
educación: “Párate a pensar”. Llamada,
por cierto, a la que se han unido diversos colectivos. Se
pretende, con ello, acercar a centros de Secundaria un programa
de promoción del deporte como vehículo de prevención
de la obesidad infantil y freno al sedentarismo, así
como alentar la promoción del juego limpio y prevención
de la violencia deportiva. La idea ya está plasmada.
Otra cosa es ponerla en práctica. Poder llevarla a
buen término.
En
principio, eso de pararse a pensar no es mala recomendación
para argumentar ideas, máxime cuando nos movemos a
velocidad de vértigo. La cuestión de promocionar
el deporte nunca está demás, pero habría
que hacerlo con otros criterios, menos competitivos y más
educativos. Pienso que el deporte escolar debe ser un divertimento
que favorezca las acciones colectivas; de lo contrario, no
le veo mucho sentido. El problema no es hacer por hacer competiciones,
sino hacer para formar a los jóvenes en la deportividad,
promoviendo la educación en valores. Si esto fuese
así, seguro que no habría juventud aburrida.
Sabría ocupar su tiempo de ocio y respetar otras identidades
culturales. Estoy convencido de que pasaría de las
duchas alcohólicas a los baños de la agilidad
gimnástica. De la intolerancia a la tolerancia de las
alianzas deportivas. De las adicciones sin fundamento al fundamento
del deporte.
Considero,
pues, que los planes educativos deberían estar todavía
más ligados a la actividad física de lo que
están. Lo que pudiera ser un medio apropiado para conseguir
virtudes de desarrollo personal y social; afán de superación,
integración, respeto a la persona, tolerancia, acatación
de reglas, perseverancia, trabajo en equipo, superación
de los límites, autodisciplina, responsabilidad, cooperación,
honestidad, lealtad; no lo es tanto, porque con la práctica
deportiva se han mezclado intereses de mercado y negocios
partidistas, juegos sucios políticos y vividores sin
ética, confundiendo rendimientos deportivos con rendimientos
educacionales, crispando en ocasiones mucho más que
fortaleciendo la cooperación y la asociación
entre todos los agentes. Todo esto lo único que hace
es ensombrecer el sano recurso del deporte, postergarlo a
una labor complementaria.
En
todo caso, veo bien lo de pararse a pensar y hacer deporte.
La escuela es un buen inicio para engancharse. Hoy por hoy,
a pesar de atribuírsele a la práctica deportiva
tantos beneficios saludables, son más bien pocas las
personas que mantienen un estilo de vida deportiva y perdurable
a lo largo de la vida adulta. Educar para el deporte de manera
integral, sin duda, es una buena manera de construir socialmente
una humanidad con mejor fondo y mejores formas. Por desgracia,
la práctica de esta disciplina, aunque se contemple
como un medio idóneo de acción pedagógica,
aún es un racimo de uvas más verdes que maduras.
El deporte podrá ser una lengua universal, pero falta
ese lenguaje que nos enraíce en la autenticidad del
vocablo. Pensar en esto, cuando menos, ayuda a que el deporte
y la educación física esté más
al alcance de todos, y no sólo de manera elitista con
algunos, como instrumento de salud y desarrollo social que
todos necesitamos para una vida más placentera y divertida.
Nos merecemos este entrenamiento. Que las nuevas generaciones
así lo vean es un paso importante.