Esta
es la noticia que me pone en el camino de interrogarme. No
hay región en el mundo exenta de problemas de corrupción,
expone en un reciente estudio David Nussbaum, director ejecutivo
de Transparency International. La advertencia, cuando menos,
ha de llevarnos a la senda de la reflexión. A veces
pienso que deberíamos comprometernos más con
nosotros mismos, pensar en la existencia humana. La tenemos
más que olvidada. Las muchas ocupaciones nos distraen
del fundamento del ser. Eso de que todavía se dominen
las conciencias para ganar el mundo es un falso juego y; un
juego, que pasa factura. Apuesto por el cambio. Por eso, estoy
convencido de que puede ser una buena manera para reencontrarnos
en ese punto de equilibrio humanizado y humanista el proceso
a través del cual la vida se hace historia, o, aprovechando
una sugerencia de Ortega, el proceso en que la vida como biología
pasa a ser vida como biografía.
Cada
persona ha de sentirse protagonista de su historia de vida
y no un mero esclavo. El problema actual de España
se lo achaco principalmente a la clase política, a
la que veo muy poco comprometida con ayudar a vivir y un mucho
con gobernarnos la vida a su antojo. Nos pretenden llevarnos
a su terreno como sea. Pienso que andan escasos en espíritu
de servir a las libertades. Cada cual impone su contrariedad
con el contrario. Todo se reduce a llevar la contra. Que unos
están a favor de las reformas. Otros se instalan en
el inmovilismo. No existe ese deseo de propiciar un territorio
de encuentro, de mesura, porque realmente falta la educación
como práctica de la libertad. Se lleva a cabo una pedagogía
del oprimido. Ahora gobierno yo y hago lo que me viene en
gana. Esto es lo grave, cuando la autoridad responsable se
vuelve chulesca y olvida su razón de ser, la de ejercer
la autoridad con aquellas virtudes que permitan situar el
poder en práctica como servicio.
Tal
vez sea este el sentido más justo de la libertad y
de la coherencia: aprender a escribir cada cual su vida, como
autor y como testigo de su historia –biografiarse, existenciarse
e historicizarse-. Eso de escucharse es saludable para luego
escuchar a los demás. Nadie se concientiza aisladamente.
Somos como esa página de un libro común que
es el mundo. Todas las hojas son necesarias. Entonces, el
mundo de la conciencia no es creación, sino cultivo
diario; donde cada cual, en cada momento, estampa su firma.
Precisamente, las violencias que sacuden a diario muchas de
nuestras áreas urbanas, suelen ser consecuencia de
una historia de incomprensión e injusticias. Seguirán
creciendo porque la autoridad ha perdido la autoridad de concienciar
con la verdad el mundo. Por eso, la prioridad absoluta de
restablecer la seguridad y del orden público por la
fuerza, frente a los disturbios, debiera ser más de
implicación auténtica que de provocación,
de comprometerse en hacer más habitable el proyecto
humano de vida que de atreverse a ejercer la potestad sin
haber reavivado antes la vida desde la profundidad crítica.
Ninguna
acción puede ser entendida fuera del marco histórico
de las relaciones sociales, culturales y estructuralmente
determinadas. Por eso es tan importante biografiar las relaciones
y analizar actitudes. Sobre las ascuas de un resentimiento
racial, de marginalidad consentida por gobiernos prepotentes,
empiezan a alzarse unas chispas de venganza que son difíciles
de parar. Realmente no se ha procurado darles la oportunidad
a algunas personas de redescubrirse y desarrollarse. Teniendo
en cuenta que no hay ser humano absolutamente inculto: el
ciudadano “se hominiza” expresando y diciendo
su mundo, escribiendo sus historias y creencias. Algo que
no se puede impedir, ni tampoco borrar del corazón
de las gentes.
No
es posible encarar la vida (biológica) a no ser como
un quehacer humano donde cada persona traza su propia biografía
en consonancia con las creencias religiosas de cada uno. Casualmente,
en este sentido, unos recientes resultados presentados en
el encuentro anual del 2005 de la Academia Americana de Neurología,
muestran que la oración, la espiritualidad o la religiosidad
están relacionadas con una mejor salud mental y física,
lo que nos reafirma que el sentido religioso proporciona una
dirección innata hacia la esperanza. Es la ignorancia
la que nos ciega, la que nos impide advertir que esa otra
persona es, también, un portador de sueños y
de vida. La única cura para tal ceguera es el conocimiento;
pero un conocimiento –insisto- en libertad. Por eso
cada día se insiste más en acercarse, conocerse,
apreciarse por las similitudes y respetarse por las diferencias.
Ciertamente
la posibilidad de admirar el mundo implica estar no solamente
en él, sino con él; dar respuestas a desafíos
poniendo en escena la coherencia de la acción con la
exigencia reflexiva. Subrayemos, sin embargo, un punto que
no puede quedar olvidado. Nadie puede buscar solo. Toda búsqueda
que se haga movida por intereses personales o de grupos, tan
propio de los partidos actuales que nos gobiernan, necesariamente
es búsqueda contra los demás. Todo el mundo
ha de estar dentro del debate. Considero que es la primera
condición a tener en cuenta. Y para ello hay que buscar
fórmulas de entendimiento. Es premisa necesaria. Ahí
está la cuestión de controversias en la que
se encuentra el modelo de Estado a raíz de los procesos
de reformas estatutarias emprendidas por varias regiones.
Puede ser lícito reformar, pero antes hay que formarse
todos con todos, mediante el diálogo y ver germinar
el consenso en los labios de las gentes.
En
cualquier caso, el esfuerzo pasa por buscar formas coincidentes
que nos una y solidarice de verdad, sin exclusión alguna,
en esa hazaña común de humanizar el mundo. A
pesar de tantos avances, aún hoy están de actualidad
los versos de Blas de Otero, lo de pedir la paz y la palabra
con desespero. Señal de que no hemos cambiado en lo
básico, en promover una gran obra educativa de las
conciencias en auténtica libertad. Solamente, sobre
esta base de personas libres, es posible dar vida a un orden
social, económico y político que tenga en cuenta
la dignidad, la libertad y los derechos fundamentales de cada
persona. O sea, su biografía.