El
Estado quiere gobernarnos a su modo y manera. Y el pueblo,
se niega. No se deja. Es lo propio de unos ciudadanos con
espíritu democrático. Sin embargo, algunos gobernantes,
con más cartera de cretino que de sabio, alzan su índice
como si fueran el Dios educador, utilizan todas las artimañas
para vendernos injusticias, desigualdades y catecismos que
generan odios y venganzas. Hacen juegos malabares para convertir
la mentira en verdad. Pretenden engatusar, embaucar y meternos
gato por liebre, con angelicales fonéticas. A la primera
de cambio se les nota. Florece su prepotencia, el poderío,
la superioridad, la dominación. Que nadie se mueva.
Están dispuestos a expropiarte el corazón y
dejarte sin poesía para el resto de la vida. Suelen
catequizar sin libertad y embobar sin estilo, machaconamente.
Por ello, salir a la calle y tomar la palabra para defender
el derecho a que los padres puedan elegir la educación
más adecuada para sus hijos es lo normal ante la anormalidad
de gobiernos que crispan, no dialogan, imponen y legislan
en contra de principios naturales. Todavía no me explico
el por qué esta carrera contra reloj por adoctrinar
unos determinados comportamientos mezquinos.
Que
la ciudadanía se convierta en un río de quejas
es algo a tener en cuenta. La situación debe ser gravísima.
El pueblo como los verdaderos poetas suelen tomar sólo
la calle cuando les quitan el aire de la libertad. Hace mal,
muy mal, el gobierno y todos los poderes públicos en
alarmarnos de esta manera. Escuchen la voz de las gentes y
júzguense. No cierren bocas. Ni tribunas. Si las familias
estuvieran de acuerdo con la educación partidistamente
proyectada no se manifestarían. Entre los muchos motivos,
porque no es divertimento movilizarse y gastar un dinero (de
la familia) que se necesita para otras prioridades. Lo que
ocurre es que los padres tienen razones más que suficientes
para no fiarse de esta clase política con pocas luces.
Que menos plantarse y pedir una educación en libertad.
Oiga que lo de la libertad es algo muy serio para ponerla
en entredicho.
Ya
se sabe que hasta para someterse hay que ser libre y para
donarse antes hay que pertenecerse. La verdad es que hasta
ahora hay pocos fundamentos para la esperanza, teniendo en
cuenta que el Gobierno estatal pasa de todo. Ha pasado de
los millones de firmas y de las manifestaciones familiares
de repulsa. A este Dios Estado me cuesta obedecerle, lo confieso.
¿Por qué esa incapacidad manifiesta de hacer
realidad un plan de educación realmente progresista
y avanzado y, por ende, respetuoso al máximo con las
creencias de las personas? ¿Por qué ese interés
del Gobierno de crispar continuamente con actuaciones que
rompen las raíces que han sido tradición de
siglos? ¿Por qué ese afán endiosado de
burlar derechos fundamentales reconocidos constitucionalmente?
Este Dios Estado, con su hacha de mando y ordeno, confieso
que me da miedo. ¡Vaya talante!
Tal
y como está el patio, el Estado debiera reconsiderar
sus actuaciones y tender la mano para que el derecho de libertad
nos gobierne siempre. Antes que perder la libertad –lo
dijo Milton- es mejor quedarse ciego para no tener que sufrir
el triste espectáculo que nos iba a ofrecer nuestro
triste espejo. El espejo de la educación hace tiempo
que ha dejado de ser un libro con fuerza de cátedra,
expuesto al vaivén del político de turno. Eso
de vivir en contradicción con la razón natural
y con la sabiduría de siglos, por servidumbre al Dios
Estado, es un estado moral intolerable. Lo nunca visto.