Nunca
es tarde si la dicha es buena. Eventos como la primera exposición
universal del nuevo siglo, les afana en presentar un modelo
de sociedad planetaria basado en la convivencia entre la tecnología,
el progreso y la naturaleza. El divorcio entre lo humano y
la naturaleza es bien patente. Eso de conservar limpio el
paisaje, compartir cauces y no dilapidar aguas, respetar las
playas como el mar las ha creado, cuidar el aire y mantener
el silencio, es cuestión educativa y moral. Sin embargo,
los comportamientos éticos, por parte de todos, son
bien distintos.
Debiera
ser empeño prioritario de todo Estado proveer a la
defensa y tutela de los bienes colectivos, entre los que se
encuentra la atmósfera natural. Una cosa es predicar
y otra dar trigo. La realidad nos traslada un ambiente de
ruido que nos ahoga, auténticas montañas de
basura que vuelven los entornos irrespirables, insolidaridad
con el agua, cemento y asfalto en primera línea de
playa… ¿Para qué tantas campañas
de desarrollo sostenible, si después las propias administraciones
no actúan a tiempo o hacen la vista larga ante determinados
atropellos?
Está
visto que las estrategias forestales o los planes no funcionan
cuando tienen que funcionar. Entre las manos del hombre y
los embistes de la propia naturaleza, el desierto nos alcanza.
Podemos tener las mejores estrategias a favor de la conservación
y del uso sostenible de la diversidad biológica, pero
si luego sólo quedan en el papel, en las buenas intenciones,
de nada sirven. La naturaleza que es sabía ya no puede
más, está agotada de tanto regenerarse de la
destrucción humana.
Hoy
por hoy nuestro mundo dista años luz de ser reflejo
de la obra originaria, donde la poesía emanaba en doquier
esquina, la paz y el sosiego en cualquier punto habitable.
Ahora los árboles se mueren de pie porque no pueden
ni respirar, o los quitamos de un plumazo para levantar avenidas
de asfalto. Hay pues necesidad de educar en la responsabilidad
ecológica, ante el aluvión de irresponsabilidades
con nosotros mismos y con los demás.
Esta
educación no puede basarse simplemente en las buenas
palabras, sino que conlleva una conversión autentica
en la manera de pensar y en el comportamiento. Una rosa, por
ejemplo, se ha quejado frente a mi ventana empapada de alcohol
y cristales. La visita de la juventud, los fines de semana,
la dejan medio muerta. Es más, quiere morirse. La estrella
que me alumbra, otro ejemplo, está ciega de humos.
Desea otro planeta. Todo este desorden humano, cuando el universo
es un orden ético, requiere otras morales y otros mimos,
otras esencias y existencias, sino queremos cavar nuestra
propia fosa.