Siempre
ha sido del verso y la palabra, porque los poetas nacen y
brotan como la primavera. Juan Pablo II cultivó los
jardines del verbo desde el perfume de la belleza e hizo con
ellos un mar de autenticidad al que se llega con el corazón
muerto y se sale con el corazón vivo. Su lenguaje es
claro y hondo, de verso en pecho. Pienso que todas sus obras
han sido injertadas por la poesía. Nos elevan como
si fuera un cantautor de la vida, parece que un poeta en guardia
es quien nos habla, con las pausas del silencio y los tonos
del abecedario. Alaba el amor del Creador recreado en pura
mística y sus irrepetibles loas nos invitan a crecer
en las ideas del ser y de la existencia: ¿Quién
es Él?/ Es como un espacio inexpresable que abarca
todo/ Él es el Creador: / Abarca todo llamando a la
existencia a partir de la nada, / no sólo en el principio
sino para siempre…” Hay conmoción en su
decir, propio de un poeta cristiano que reflexiona en voz
alta, sin estridencias, sobre los temas de nuestro tiempo
que tanto nos conmueven, siempre cruzando el umbral de la
esperanza, evocando vivencias vividas, en continua meditación
versátil, sin perder la memoria, ni la identidad.
Cuentan
los biógrafos de Juan Pablo II que sintió con
tal fuerza la misión de anunciar al Señor y
la necesidad de quitar el hambre de Dios a toda la humanidad,
que quiso culminar sus estudios teológicos con una
tesis sobre un hombre de experiencia de Dios, un místico
y maestro de verbo, San Juan de la Cruz, el poeta de la Noche
oscura y del enamoramiento de Dios. Se comenta la predilección
de unos versos que al Papa llenaban su corazón, que
bien pueden servirnos hoy para evocar su camino y su cruz:
“Oh noche que me has guiado; / oh, noche más
amable que la aurora; / oh, noche que has unido al Amado con
la amada”. También se ha dicho que la tesis a
la que había dedicado tanto tiempo no era sólo
una investigación científica, era una necesidad
de acercarse a un hombre como San Juan de la Cruz, que le
sedujo desde el primer instante, para así prestar la
vida y dar a conocer a este Dios que se nos ha revelado en
Jesucristo. Llevados por este horizonte penetrante de pureza
que nos trasciende, se comprende más profundamente
estos versos del Santo Padre cuando se refiere a Jesucristo:
“No estáis solos en vuestro camino. / Jamás,
ni siquiera en un instante, / se separa de vosotros mi mirada”.
Se
ha dicho que el Papa falleció tras participar en misa
de la fiesta de la Divina Misericordia, proclamada por él
mismo hace cinco años. Y una vez más, nos trae
a la mente, en cierta forma, soplos de versos que nos avivan:
el anuncio de la piedad, compasión, clemencia, indulgencia,
bondad, gracia, perdón, ternura…de Dios con cada
ser humano. Una atmósfera tan espiritual como piadosa,
tan poética como clarividente. Todo se funde y se infunde
como si de su propio verso manara: “El final es igual
de invisible como el principio. / El Universo fue creado por
el Verbo y al Verbo regresa”. El camino de la Divina
Misericordia acompaña a Juan Pablo II en estos momentos
en los que su poesía es una estela de esperanza que
nos renueva y renace, una extraordinaria donación por
la que todo el mundo, sin diferencias de credo, siente admiración.
Se ha hecho valer y ha sido la persona mejor valorada en el
mundo. Ha venido a vernos y nos ha dejado cautivos por la
palabra, por ese verso salido del alma y por esa voz en favor
de los sin voz.
Se
ha pasado la vida entregado a comunicar la verdad que percibe
en su propio corazón, y al igual que todo verdadero
poeta, versifica los asombros que percibe hasta asombrarnos
su manera de expresar tan níveo sentimiento: “Lo
que tuvo forma se volvió informe. / Lo que era vivo,
he aquí muerto. / Lo que era bello, he aquí
ahora la fealdad del despojo. / ¡Mas no me muero entero,
/ lo que es indestructible en mí, permanece!”
Tras de sí, ese vivir de amor plasmado en versos, espiga
una tierra nueva, renovada. En toda su poesía hay un
denominador común, una gran profundidad teológica
y espiritual inspiradas en la sagrada Escritura. Cantó
todas las expresiones de la caridad divina de Cristo, como
las presenta el Evangelio.
Ya
se sabe, la poesía es eterna, es del tiempo, para el
tiempo y para todas las edades. El libro del universo, al
que tanto amó Juan Pablo II y que tanto le gustaba
respirar desde la soledad de la montaña, donde se confunde
el horizonte con el cielo, no tiene fecha de caducidad. Como
tampoco la tienen poemas escritos hace miles de años
y que todavía hoy nos siguen conmoviendo, llevándonos
a reflexionar sobre nuestra ingenuidad y nuestro misterio.
Por este motivo, considero que ha sido de suma importancia
esa apertura del Santo Padre en relación con el mundo
de las letras y de los artistas, pues como él mismo
dijo: “la belleza salvará al mundo”.
Ahí
queda para toda la eternidad su libro de poemas “Tríptico
romano”, en el que el Pontífice medita sobre
la vida y la muerte, recuerda cuando fue elegido Papa en la
Capilla Sixtina y habla del día en que los cardenales
se reunirán para nombrar a su sucesor. “¡Se
permitió al hombre morir una sola vez y, luego, el
Juicio! / La transparencia final y la luz. / La transparencia
de los hechos / La transparencia de las conciencias / Es preciso
que, durante el cónclave, Miguel Ángel / concientice
a los hombres / No olvidéis: Omnia nuda et aperta sunt
ante oculos Eius. / Tú que penetras todo, ¡indica!
Él indicará...” Desde luego, Juan Pablo
II ha sido un verdadero poeta, que nos abrió la ventana
del verso, como una invitación a gustar la vida y a
degustar del amor, a vivir en paz con todas las culturas y
a soñar un futuro en poesía. Ese ha sido su
poder, el de saber podar para que la rosa acreciente los pétalos
y perfume a toda la humanidad de ese halito creador que el
santo Padre tuvo por bandera, la alborada del verso estrechamente
vinculado a su vivencia de fe y a su convivencia sembradora
de luz.