Poner
en juego la inspiración literaria, aparte de ennoblecer
el alma y de entretener el cuerpo, ayuda a descubrir el mundo
de las ideas. Estamos sumidos en una cultura de imágenes,
en su mayoría relacionadas con el consumo, pero todavía
las personas cuando están solas utilizan los labios
del alma para dialogar con el silencio y, cuando están
acompañadas, se sirven de vocablos para entenderse.
El deporte de la palabra es una bella manera de descubrir
un cielo puro, creciente de rosas blancas que florecen con
el despertar del alba, y de poder refugiarse en los párpados
del viento bajo las alas del amor como abecedario. Huir de
tantas sombras y reencontrarse en la senda del deseo, ante
una mirada celeste, reanima a cualquiera. En el fondo somos
más corazón que cuerpo.
Esto
de tomar el deporte de la palabra por bandera requiere cierta
humanidad para no tener aversión a semejantes. ¡Qué
difícil es ser humano y humanizarse! Será complicado
lo de ser sociable en este universo de lenguas y lenguajes,
que considerar al ser humano una mezcla de contradicciones,
de fuerzas y debilidades, es como definirlo. Pongamos por
caso, el problema de la violencia, cuestión que no
depende tanto de gobiernos como de acciones conjuntas, de
diálogos compartidos, de la deportividad que se tome
y del carisma que se impregne. No hay personas nulas, hay
personas anuladas por poderes que no respetan otras voces.
El efecto, más pronto que tarde, se convierte en un
volcán de guerras. Por ello, pienso y reafirmo la necesidad
de hacer valer más la dicción para comprenderse
y consensuar posturas que nos encaminen a un campo florido
de manos blancas y pañuelos de palomas transparentes.
La
enseñanza de la historia, locución del tiempo
para la vida, es un deporte que nos alista para la convivencia.
Conocer la historia ha de servirnos más que para formarnos
en un espíritu nacional, en una conciencia crítica
que nos haga recapacitar como ciudadanos pensantes. La palabra
justa es el rey de los deportes. O lo que es lo mismo, será
un buen deportista, mantenedor de la palabra, aquel que practica
la coherencia entre lo que le dicta el corazón y la
palabra dicha. De un tiempo a esta parte, la manipulación
de conceptos está a la orden del día. Cuestión
que nos desordena modos y maneras de sentir. Me preocupa,
por citar algún ejemplo, el que se manipule continuamente
algo tan propio de la persona, como lo religioso para fines
comerciales, ficciones absurdas, literatura de oportunismo,
negocio esotérico y demás juegos irrespetuosos
sobre signos o insignias sagradas. Esto no es de recibo y
menos de sentido común.
Entrenarse
y activar el deporte de una nueva modernidad que acalle bombas
y portazos en las narices, es un proceso de gimnasia en los
lenguajes, de búsqueda y equilibrio entre tendencias
opuestas que han de conciliarse a la vida, reconciliándose
con la existencia. Existir o no existir, esa es la cuestión
a resolver. Al ser humano no le mueve tanto su propia experiencia
vital como la fuerza de experiencias ajenas reactualizadas
para poner en práctica como espectador comprometido.
Necesitamos referentes en los que apoyarnos, pues lo mismo
que un mar, somos olas que cambian y aguas que permanecen.
Por desgracia, los polideportivos de la intelectualidad humana
están vacíos, sin espíritu de juego limpio,
con fueras de juego por parte de todas las bandas y bandos,
algo propio de un campo que ya no es de la poesía,
ni de los poetas, más bien de los especuladores de
divertimentos, tan simplistas como devastadores. Se ha perdido
toda moral en el ejercicio, en la práctica, en el adiestramiento;
y también, toda estética en la forma de jugar,
de crear y de recrearse. Lo mezquino ha ganado la batalla.
Hay
que volver al deporte de la palabra y abrirse a todos los
horizontes. Que nadie quede fuera de juego. La vida es vida
para todos. Desde los embriones (todos los fuimos) a los ancianos
(llegaremos a serlo) que se encuentran en el ocaso. Necesitamos
sentirnos acompañados (sin tanta ruptura entre generaciones)
y hallar modelos de esperanza que nos quiten el hambre de
luz y la tristeza de sombras. Por muy bien que nos sienten
a los pies, la moral no la suben unos zapatos terapéuticos
como he oído decir a una firma comercial, sino más
bien el arte de saber vivir y ser dichoso. En todo caso, la
palabra salida de adentro es la mejor moral que poseemos.
Es el libro de los libros, al que don Quijote siempre acudía
para elevarse y avivarse, sobre todo cuando se sentía
huérfano y a la deriva. Ahondando en esa misma línea
de hacer valer los abecedarios íntimos, José
Ramón Encinar, flamante académico de la Real
Academia de Bellas Artes de San Fernando, ha confesado en
su reciente discurso de ingreso, creer en “un arte cuya
complejidad surja de la mente de un creador atento a su propia
voz interior, sin que su tarea tenga que ser filtrada a través
de gustos mayoritarios, pero también con el convencimiento
de que la modernidad debe ser algo implícito, un supuesto
mínimo pero no un valor absoluto”. Las habitaciones
interiores, para dolor propio, las solemos tener bastante
abandonadas a los regodeos de una moda interesada, aunque
la conciencia nos dicte otra cosa.
Un
hecho nos puede servir de reflexión última.
Recuerdo una obra escultórica de Elena Blasco expuesta
en Arco 89, consistente en un gran tiesto con una planta y
dos varillas de futbolín, con sus respectivos futbolistas
clavados en la tierra. Pienso que la artista del balón
nos ha querido transmitir el sentir de la práctica
correcta del deporte que debe acompañare por un temple
natural en cuanto al estilo, por actitudes de respeto para
que la maceta no se tronche, apreciando las cualidades del
contrincante, con la honestidad de una atmósfera limpia.
El deporte, cuando se toma con deportividad, invita a una
celebración festiva y a la convivencia amistosa. Todo
parece florecer en un universo de concordia. De igual manera,
hay que tomar con nobleza la palabra, celebrarla en libertad,
beberla a tragos y vivirla a sorbos. Se degusta mejor y con
más ganas. La literatura está llena de voces
que nos motivan, de verdades que nos hablan y de antorchas
que nos alumbran. En cualquier caso, hacer deporte con la
palabra es un sano recreo que rehabilita, fomenta los buenos
hábitos del diálogo y fermenta la personalidad
humana. Lo recomiendo.