Alguien dijo: dadme una metáfora y moveré el
mundo. Ya los antiguos trovadores nos recitaban vivos cantares,
presentados bajo el disfraz del verso, que ponían en
movimiento almas perdidas. En la trama del mundo, los poetas,
son personajes que identifican, comparan o advierten sobre
la atmósfera de la vida, en cuyo escenario debaten
o describen imágenes de siempre, luces y sombras, haciéndonos
ver horizontes que son, en realidad, universos a conquistar.
La universalidad y contemporaneidad del Quijote, precisamente,
se debe a que detrás de la voz está un soñador
de versos que reflexiona en poesía. Nos hace falta,
con urgencia, un poeta para la ciudad del mundo, capaz de
resucitarnos la fe en los derechos universales. Convoquen
recitales poéticos y haga cónclave el pueblo
para ello.
Un
vecindario despierto a la belleza, forjará consensos
que aletarguen el caos, hará frente a las nuevas amenazas,
con el verso en los labios, siempre dispuesto al diálogo
compartido, sin discriminación alguna. Antes que sacar
pecho, cada vecino debe mostrar el corazón. Luego,
acallen la voz triunfalista los ciudadanos, si en el mundo
de la abundancia hay un pobre en cada esquina o si en el mundo
de la pobreza hay un rico que domina. Que vengan los poetas
a plantar denuncias a todo aquel que no sienta la pobreza
ajena como propia. Asimismo, al consejo de verdaderos poetas,
remito petición de que aquellas autoridades que carezcan
de imperativo ético en su hoja de servicios, se les
impida continuar en el gobierno de la ciudad del mundo.
El mundo de la globalización necesita de un poeta que
nos conmueva y nos mueva a reunirnos y a unirnos entorno a
las esencias de la voz. Se dice que el secreto de Juan Pablo
II fue un amor sin límites. Un amor sin reservas. Un
amor a la verdad. Un amor al poema de abrir el corazón
al corazón del mundo. Pienso que una vida en poesía,
lejos de doquier poder viciado, es lo que nos hace falta para
ahuyentar el diluvio de provocaciones que nos asaltan a diario
en el diario de la vida. Cuidado con los sembradores de hostilidades.
Puede llegar a considerarse la agresión como algo normal
para defenderse. Cuestión peligrosa para la convivencia
de los unos con los otros. En cualquier caso, los asuntos
humanos, deben tratarse humanamente. Porque la paz no se escribe
desde las rejas de la vida, sino desde el verso del alma.
Es una buena noticia, para la ciudad del mundo, que los telediarios
de la televisión pública española emitan
series de reportajes dedicados a los Quijotes de nuestro tiempo,
una mirada a personajes que luchan por causas imposibles y
que se empeñan en cambiar nuestro mundo. Vale la pena
esta apuesta. A veces puede resultar un imposible o una meta
inalcanzable que el mundo vuelva a ser la poesía que
pudo haber sido y no fue, porque los intereses particulares
han prevalecido sobre el bien de todos. Por ello, resulta
esencial el desarrollo de una conciencia poética, puesto
que, cuando está amenazada la paz en algún lugar
del mundo, lo está en todo el globo terráqueo.
Todas las distancias nos alcanzan de lleno.
Ya Calderón veía al mundo como un teatro que
necesitaba de la voz de un poeta para alentar la vida y no
morir en el intento. En este sentido, un poeta moderno como
Octavio Paz, ha escrito, con palabras que parecen una glosa
de los autos calderonianos, un verdadero manifiesto: “Por
obra del Mito y de la Fiesta, el hombre rompe su soledad y
vuelve a ser uno con la creación”. Falta nos
hace volver a esa unidad perdida. Quizás sea porque
la enseñanza ha dejado de transmitir conocimientos
solidarios a favor del bien y la verdad. El descaro o la sonrisa
fingida no pueden consentirse. En poesía, los versos
forzados, nada dicen. Esto de negar la evidencia y lavarse
las manos, genera un clima de anormalidad que convendría
poner en orden. Tanto es así, que subrayo lo de crear
un pacto por la regularidad de las instituciones y demás
entes de servicio público, frente al diluvio de irregularidades
que nos dan gato por liebre, hecho probado y reprobado por
los ciudadanos en el parte diario de sus vidas. O lo que es
lo mismo, en cartas al director de tantos medios de comunicación.
Porque la justicia suele hacerse justicia tarde o nunca. Que
desgracia en un Estado de derecho.
En la ciudad del mundo, donde gobierna un poeta, quiero pensar
que en vez de crear centros de memoria histórica, se
pone en verso, o sea en acción, la memoria literaria
que nos habla de libertades que dignifican al ser humano.
También quiero creer que allí no existe la revancha.
Ni el desquite. Ni la represalia. Ni el desagravio. Ni el
miedo. Hace falta libertad para vivir y un orden social justo
para convivir. “Suéltate el pelo” dice
un anuncio de belleza y moda. Quizás tendríamos
que soltarnos a que cesen las muertes y los ataques a inocentes,
desengancharnos del odio y la violencia, destrabarnos y lanzarnos
a que nadie quede excluido de vivir, echarnos a la calle como
ya hicieron poetas de otras edades, a salvar la verdad aunque
no coincida con la opinión de la mayoría. Nombremos,
pues, a un poeta por amor a la vida y por necesidad, en un
mundo donde cohabitan dioses endemoniados, sin compasión
alguna. Todo se fractura, se divide, se divorcia, se confunde.
Para no fiarse ni de la sombra que lleva consigo cada cual.
Que un poeta nos alegre los oídos, es tan urgente como
necesario. Queda dicho.