Pienso que nos hace falta un punto de encuentro, coincidente
en autenticidad para poder sobrellevar el mundo más
en blanco que en negro. Tras el concepto sociológico
de lo “políticamente correcto” inventado
en los Estados Unidos para que pase la vida sin ofender demasiado
visiblemente a nadie, yo prefiero algo más hispano
de normalización de la mirada y regulación de
hechos. Lo de hacerse ver y oír con la verdad por delante
puede ser un buen propósito. O si se quiere, algo más
genuino como puede ser la fijeza del Caballero de la Triste
Figura en la búsqueda por la supervivencia, por el
inextinguible anhelo de sobrevivir contra todas las calamidades,
mediante el tesón de la voluntad. A veces nos falta
ardor para entrelazar tonos y timbres en este universo de
gamas, una actitud visionaria de reencontrarnos. Al contrario
que a don Quijote, nos mueve poco el afán aventurero.
Y la vida, en definitiva, es eso; una aventura, un haz de
pequeñas cosas para seguir adelante. Ya se sabe, vivir
es nacer cada momento. Los hay que abandonan en el intento.
Frente a ese afán de lo “políticamente
correcto”, todo un dislate a soportar, utilizado hasta
la saciedad por la clase política hispana a la que
le desvela más los votos que el bien común,
recapacito y pondero la idea útil de fijar un punto
de encuentro donde se reencontraran las artes y las letras,
las ciencias y las conciencias, los tiempos históricos
y los espacios actuales. Porque la verdad es un lenguaje de
bondades y rebelión, de novedad y permanencia, de transgresión
y de observancia… Considero buena estela el programa
de vida de Benedicto XVI, que consiste en hacer la voluntad
de Dios, no sus ideas; quizás los gobiernos de todo
el mundo también tendrían que hacer más
la voluntad de todos los ciudadanos, sin exclusión
alguna, y menos partidismo interesado. Todas las artes, incluida
la literaria, refleja al hombre y al mundo, pero sin dictados
ni obediencias ideológicas, que no sea la verdad en
su estado níveo como texto, contexto o pretexto. Estos
maestros de veracidades profundas y de postulados hondos,
la humanidad no debe olvidarlos. Pues, a través de
ellos, es como la belleza recuerda su verdadera vocación:
la eternidad y los estremecimientos.
Precisamos un punto de acuerdo y acordar que la vida es para
vivirla. Por ello, se precisa conciliar la amistad con el
descubrimiento del amor, (el amor hay que descubrirlo cada
día), hacer un pacto de dominio de la corrupción
tan extendida en mundos enfrentados, del quebrantamiento del
derecho y de la arbitrariedad en naciones, nacionalidades
o pueblos, que debieran ser más exigentes en cuanto
a hacer realidad lo que se predica de Estado social y democrático
de Derecho. El Premio Nobel de Literatura, Seamus Heaney,
versificó que “cuando Francisco predicaba el
amor a los pájaros/ lo escuchaban y revoloteaban, y
aceleraban su respiro/ al cielo azul, como bandada de palabras…”,
para luego interrogarse sobre el mejor poema escrito por los
labios del santo, que no era otro que “su hipótesis
sincera”. Ahora nos sobra hipocresía en la escucha,
dobleces en el vuelo y palabras de fingimiento. Olvidamos
que, sin franqueza, nunca brilla claridad alguna. Por consiguiente,
se me ocurre, que una buena manera de acercar pensamientos,
sería aquel revoloteo que mane rectitud en el batir
de alas. Todo pasa por el adiestramiento. Lo educativo, es
la única posibilidad de una revolución pacificadora
por la que vale la pena vociferar desde todos los foros como
desde todas las aulas.
En verdad, todos los altares son pocos para la educación.
La familia, la escuela, las instituciones… y también
las empresas. Es una buena noticia que, en el mundo empresarial,
sean cada día más las sociedades que crean una
fundación social o cultural. Personalmente razono que
debiera ser de obligado cumplimiento fundar este tipo de mecenazgo.
Tan importante debiera ser producir ganancia económica
como beneficio cultural. Quizás tengamos que llevar
la economía más al corazón y hacer de
su poder, un alma de vida. La cultura es lo único que
nos universaliza. De ahí que sea tan vital cultivarla.
Que nadie se abandone en el cultivo. Es preciso hacerlo, hasta
para producir una verdadera liberación comercial se
precisa antes haber cosechado una acertada liberación
cultural. Nos falta perseverancia por la armonía de
las identidades que han de identificarse cada ser con la totalidad
del mundo, la búsqueda de un vida más plena,
fértil y más feliz Por el contrario, la opulencia
de líneas directrices, de planes que nos esclavizan
en exclusividades sin sentido, tan sólo para aumentar
la competitividad de empresa, más que humanizarnos
nos deshumaniza.
Me reafirmo, pues, en la urgente necesidad de un espacio de
encuentro donde nadie se sienta extranjero. El problema no
es que miles de inmigrantes que quieren entrar en España
superen el examen del padrón con documentos que no
prueban nada; la cuestión es bien distinta, poder dar
vida digna a los que vida buscan; sin hacerles padecer experiencias
laborales próximas al esclavismo, con una indefensión
absoluta en ocasiones, en cuanto a protección social
y económica de la familia que raya la dominación,
sumisión y vasallaje. Para esta apertura no hace falta
ser un Séneca. Hay que tener otro espíritu de
entendimiento, de comprensión y confraternidades. En
lugar de mantener la confusión de lenguas, hemos de
esforzarnos por hablar un lenguaje colectivo, en el que todos
nos hallemos, a fin de reconstruir vecindarios que se hablen
y, así, construir la unidad de una familia; la humana,
que no por crecida ha de ser desatendida. Contamos todos,
como dice el eslogan de la radio pública. Debiéramos
contar. El punto está en el punto en el que nadie se
aparte. O sea, en hacer común lo que es común
para hacer comunidad y continuidad: el amor como espacio de
encuentro. No hay otro salvavidas.