En ese círculo de ida y vuelta que es la vida, sólo
la ilusión acrecienta pensamientos. Pretender acercarnos
al mundo de las ideas, sin moral alguna, degenera toda verdad
y genera unos agujeros negros de difícil salida. Todo
está como muy anclado a los maestros del cinismo. Son
ya una legión de empedernidos mentirosos que les importa
un bledo la vida de los demás. La modernidad plantea
muchas cuestiones, pero sólo desde la libertad se pueden
encontrar argumentos. Para ese cultivo hace falta sigilo,
paciencia y prudencia, reserva para escucharse. A propósito,
hay unos versos de Ángel González, que nos dan
en pleno corazón: “No interrogues dos veces a
quien/ guarda silencio, / porque el silencio es la única/
respuesta”. Ciertamente, la impaciencia es una enfermedad
del tiempo presente. A veces tomamos demasiada prisa en buscar
soluciones a las que sólo se llega desde la quietud.
Perdida la tranquilidad, lo que en realidad brota es una manifiesta
desconfianza que acaba crispando, por mucha concesión
de carisma que nos metan por la vista. Todas las cosas requieren
su pausa.
Resulta difícil entender la celeridad de algunos políticos
por querer atarlo todo a la ley humana, aunque se ponga en
entredicho la ley natural. Pienso, pues, que tan importante
como mejorar la cohesión entre gobiernos, es poner
los oídos en los residentes y gobernar para el bien
de todos. No se puede serenar desde la continua convulsión,
pedir talante y sembrar calambrazos. De un tiempo a esta parte
han crecido los abucheos por parte de los ciudadanos, atmósfera
que debiera decirle algo a la clase política. Mal ejemplo
vierten con sus actitudes altaneras de no escuchar la voz
de la calle, o pasar de tomar en consideración al oponente.
La buena armonía debiera estar en el propósito
de las agendas de todos los poderes. Se producen demasiados
hechos bochornosos, privilegios que no vienen al caso con
algunos nacionalismos. No se puede uno cerrar en banda, hay
que abrirse a los horizontes de la universalidad. En plan
pacífico, conciliador. La plaga de la incongruencia
ha llegado también a lo deportivo. Ya ni el deporte
es lo que era, en ocasiones más bien es un campo disfrazado
de policías que imponen la concordia entre ciudades
y aficiones.
Los desajustes son un cáncer actual. Coexisten abundantes
metáforas que han perdido la fuerza sensible, ocasionando
un socavón de agujeros negros que nos impide ver la
luz. El que trabajadores de todo el mundo exijan mejor calidad
de vida y mayor reconocimiento de sus derechos, no debiera
considerarse un añadido más. Esa es la gran
asignatura pendiente en el mundo de la globalización.
Algunos arrogantes políticos se aprovechan de la democracia
y con sus mezquinas artimañas, pretenden regularnos
nuestra propia vida antes que regularizar el cumplimiento
de valores tan consoladores, como es la justicia y la igualdad
en un espacio de pluralidades. A veces, da la sensación
que nada nos mueve para contrarrestar discriminaciones e incumplimientos.
Cuando lo elemental de la vida se quebranta, resulta más
que imposible el descanso en la fatiga, la brisa en el estío,
el consuelo en el llanto.
También cada día es más complicado hacer
familia en familia, para que los lamentos se puedan sobrellevar
mejor, entre otras cosas porque los poderes públicos
son incapaces de asegurar plenamente su protección
social y económica, a lo que hay que añadir
que tampoco la educación cumple su prioritario objetivo
de pleno desarrollo de la personalidad humana. Ahí
está ese agujero negro del incremento del consumo de
alcohol y drogas de nuestros jóvenes. Algo falla en
nuestro sistema educativo. Los profesores se encuentran desbordados,
sin autoridad para poner remedio, en la mayoría de
las veces sin colaboración de la familia. En estos
casos, casi siempre más divorciada que unida. Los maestros
llevan años alzando su voz de alarma, porque el escenario
es de pánico. Considero que, en temas educativos, es
fundamental la implicación de todos los sectores: padres
y madres, docentes, alumnos y administraciones. Pienso que
es todo lo contrario a lo que parece propugnarse, con reformas
educativas del dos por uno, la de enseñanza obligatoria
y Bachillerato y la universitaria, sin apenas tiempo para
el debate y la reflexión. Debiera tenerse en cuenta
que, en el desarrollo de derechos fundamentales, está
visto que las prisas no son buenas consejeras.
Pero volviendo al tema de los agujeros negros, aunque los
sindicatos hayan celebrado el día de San José
Obrero con más liturgia festiva que reivindicativa,
como si todo marchase divinamente y la pobreza no existiese
en España, la estampa de vida es bien distinta. Los
españoles soportan desigualdades como nunca han existido
entre comunidades autónomas, pueblos y ciudades. Esto
no tiene justificación alguna. Mientras unas personas
se bañan en la opulencia, otras no cuentan con ese
mínimo vital necesario para subsistir ¿Por qué
no se reivindica esta injusticia? Por desgracia, la brecha
entre ricos y pobres sigue aumentando, en unas comunidades
más que en otras ¿Dónde está la
solidaridad entre autonomías? Incumplimientos de derechos
fundamentales, discriminaciones hacia los débiles,
depredación de la naturaleza, desigual acceso a la
tecnología, son situaciones de injusticia que hemos
de atajar con políticas de coherencia educativa y educacional.
En el año dos mil, los Gobiernos y Estados firmaron
la Declaración del Milenio de Naciones Unidas, y se
comprometieron con el cumplimiento de los ocho objetivos de
Desarrollo del Milenio, como un primer paso para erradicar
el hambre y la pobreza. Cinco años después,
convendría interrogarse si dentro de nuestra propia
casa se avanza o se retrocede en cuestiones básicas,
como pueden ser: ayuda a los infectados con el HIV, medios
económicos suficientes para poder vivir con dignidad,
acceso a la libertad de enseñanza, protección
a la salud y tantos otros derechos propios de un Estado social…
Si lo extrapolamos al mundo de la globalización, da
vergüenza ajena que sólo el 10% de la población
mundial disfrute del 70% de las riquezas del Planeta. Estimo,
en consecuencia, que lo de compartir es una asignatura pendiente
que deberíamos fomentar a pleno corazón. Sólo
unas hebras de amor ayudan a partir, y a repartir, aguas y
tierras, panes y peces, abrazos y besos, habitaciones e invitaciones.
Que nadie se tape los ojos.