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Columna de Teresita

Día de Muertos. Celebración ancestral

(26 de octubre de 2011)
 
Concurso de Altares, en la Casa de Cultura de Calkiní (28/10/2009)
 

La celebración del día de muertos en las poblaciones del Camino Real y comunidades del municipio de Hopelchén, es una de las tradiciones mayas heredadas. La comida de las ánimas, conocida como “hanal pixán” en lengua maya, es una verdadera manifestación de alabanza a la muerte y a la memoria de los difuntos; en su honor, las familias esperan el último día de octubre y los dos primeros de noviembre, para ofrendar oraciones, alimentosy bebidas en los altares de las casas.

Los últimos días de octubre, se convierten en la temporada más intensa de limpieza: las albarradas se blanquean con cal, los patios y el frente de las casas se barren hasta quedar sin alguna hoja seca; los osarios en los panteones se reparan y se pintan, para albergar la llegada de las almas.

Los preparativos de la fiesta dedicada a los difuntos, son tareas que las familias realizan especialmente, para esperar la visita de las ánimas durante esos días, desde la limpieza de la casa, tumbas o nichos en el panteón, hasta la compra de los ingredientes para el guisado de los pibipollos; sin olvidar el lavado de floreros, incensarios, sillas y el mantel blanco para la mesa del altar. Volverán a salir las jícaras para el atole nuevo.

El 31 de octubre –decían las “personas grandes”– es el día de los difuntitos, ellos como son angelitos se les pone en la mesa: silbatos de barro con figuras de animalitos, frutas, caldo de gallina con verduras, pan dulce con forma de muñequitos, un vaso de leche y dulces. Parte de la repostería tradicional que durante los días de “finados” abunda en los mercados, las cocinas y las mesas, son dulces de calabaza, papaya, camote, yuca cocida con miel, manjar blanco, mazapán, merengues, suspiros, etc…

 
Pib de frijol, jamón y queso (01/11/2009)
 

Durante la madrugada del siguiente día, las mujeres empiezan con el ritual de la preparación del guisado: moler el achiote con las especias, limpiar las carnes (cerdo, gallina, pollo, pava) y cocerlas para después hacer el col. Otras personas ayudan a lavar el nixtamal, moler para tener masa fresca; desgranar el x-pelón, limpiar las hojas de plátano, los hilos de la penca de henequén para el amarre de los pibes. La tarea no es sencilla, se requiere de muchas manos y la colaboración de varias personas. Los hombres hacen el horno en la tierra, ellos serán los encargados de encenderlo, enterrar y sacar los pibipollos (aproximadamente dos horas después). El primero se pone en la mesa de los difuntos, pues es en su honor la fiesta; después todos a saborear la ricura de ese manjar.

Para el dos de noviembre, se destina el día para llevar flores, veladoras, al cementerio; rezos, oraciones y plegarias en memoria de los seres queridos… Durante esas fechas, las familias se reúnen, conviven y comparten anécdotas; hacen planes para el próximo encuentro. Si los bisabuelos o abuelos asisten a la reunión familiar, anuncian “último año… quien sabe si estaré el otro año…” como una señal de despedida o un presagio… ¡En estos días, casi siempre aflora la nostalgia!

Recuerdo cómo los abuelos insistían en el respeto de la mesa principal, el retrato de las personas fallecidas, flores, velas y veladoras, velas de colores para las ánimas de los niños; para los adultos, velas blancas y una sola para el espíritu en pena. No era permitido pasar corriendo frente al altar, ni tocar los dulces o panes; sólo se podía comer algo de las ofrendas, después de las 12 del mediodía, siempre hubieras rezado.

Al paso de los años, algunas costumbres están cambiando, otras desaparecen y algunas más, simplemente se olvidan y dejan de hacerse; por eso vale la pena, que en las familias, abuelos, padres e hijos mayores, continúen poniendo los altares, como una expresión de respeto a los muertos; así, el ejemplo alimenta la tradición. En cada hogar, la preservación de costumbres y tradiciones ayudará a conservar la herencia cultural de nuestros antepasados y legar a las generaciones de este siglo la riqueza de nuestras raíces.

La fiesta de muertos y el hanal pixán son dos buenas razones para inculcar en los niños y adolescentes la riqueza de un pasado que se resiste a desaparecer y merece protegerse. ¡Celebremos el día de muertos en familia!

 
Misa en el panteón de Calkiní (02/11/2009)
 
 
 
Texto: enviado por Teresita Durán, 26/10/2011 // Fotos: Santiago Canto Sosa, 2009