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Devoción popular a Natividad de María

(5 de septiembre de 2017)
 
 

Vivencias acuñadas en la memoria, resplandecen y nuevamente afloran al momento de escribir estas líneas.

Desconozco la fecha exacta de la llegada de la imagen de la Santísima Virgen de la Natividad a Bécal; sin embargo, conservo recuerdos placenteros y momentos inolvidables de los días de mi niñez, correteando por los pasillos del ex-convento, subiendo y bajando grandes peldaños de piedra labrada que conducen al altar principal, jugando pesca pesca y escondidas en el amplio jardín del atrio o algunas veces, bañándonos con agua de lluvia bajo los monumentales caños del techo de la iglesia.

Cae el manto matinal sobre las familias; las oraciones de los creyentes surcan los aires cuya frescura galantea a laureles y palmeras del atrio católico. Bella estampa cotidiana.

Dos espigadas torres, vigías de la aurora, centinelas del ocaso, disfrutan desde las alturas el canto sonoro del campanario: la cita para alabar a Natividad de María, patrona del lugar. El llamado a los feligreses del pueblo es música que despierta con el alba, serenata para iniciar la jornada, arreglarse para ir a la casa de Dios.

 
 

El repique para visitar la casa principal de la Virgen, atravesar la gigantesca puerta principal hasta llegar al pedestal que sostiene la venerada imagen de Natividad de María Santísima; hincarse y contemplar la fineza de sus rasgos, tierna mirada que toca tus propios ojos para posarse en la profundidad del alma. ¡Dios te salve..!

Gigantescos arreglos florales, ramilletes de ruda, decenas de veladoras y velas iluminan la corona y la aureola de estrellas que posee la Reina del lugar, mientras el color azul de su manto esmalta la inmensidad del cielo. Así de enigmático luce el altar principal de la iglesia.

La abuela Ana me contaba que el ocho de septiembre era una verdadera fiesta: voladores, música, jaraneros, cabeza de cochino, matinés, ¡un verdadero jolgorio! Chicos, jóvenes, grandes, ancianos, todos convivían en honor a la patrona del pueblo; de ser festividad religiosa se convertía en bullicio popular. Decía que era el día de las primeras comuniones, la visita del Obispo congregaba a centenares de creyentes.

 
 

La tan esperada procesión anual de la sagrada imagen, la degustación de deliciosos guisos con pavo, panuchos con pavo, salbutes con carne molida, una que otra bebida refrescante con su respectiva botana; música de orquesta ambientaba la plaza principal, reinaba en la plaza principal y en los corredores del palacio municipal.

Las damas lucían multicolores huipiles, ataviadas con las joyas de la familia, rebozos brillantes; los caballeros, con un auténtico sombrero de jipi, alpargatas o calzado de vestir, vestidos con elegantes guayaberas… ¡aquellos ayeres! Los pequeños acompañados de papá o algún adulto, éramos parte de la peregrinación. Mañanas con olor a pólvora, voladores, petardos… mientras todos entonábamos los cantos marianos se tejía la estampa folclórica más colorida del mes de septiembre.

En nuestros días, el misticismo del ocho de septiembre es diferente. La voluntad de  los fieles, la veneración a la Natividad y la tradición popular mantienen viva la religiosidad becaleña.

Septiembre 2017.

 
 
 
Texto y fotos: Enviados por Teresita Durán Vela, el 5 de septiembre de 2017