Hace
no mucho volví la mirada hacia atrás y quedé sorprendido de
lo que veía: un cúmulo de años que, sin detenerse un instante,
se iban alejando de mí. Eran los años de mi vida. Quise entonces
aprisionarlos antes de que los perdiera para siempre en la
lejanía de los tiempos.
Incrédulo,
ya que nunca imaginé que el espacio que ocupa una vida fuera
tan breve y que se nos escapara en el vértigo de un suspiro.
Incrédulo, decía, comencé a garabatear en el papel lo que sería
mi viaje del tiempo, buscando traer al presente los sucesos
atesorados. La tarea, absorbente de todos mis sentidos me ha
conducido, una vez más, por los viejos caminos por donde anduve
en ayeres lejanos. Los orígenes familiares, la niñez, la intrépida
juventud, los amores, el esfuerzo por la vida misma, la familia,
los amigos, las alegrías y las tristezas, las heridas y las
cicatrices, el secreto de sublimes recuerdos, el viaje sin
retorno de los seres amados y de los amigos, la soledad de
la vida y tantos pasajes que, en un soplo divino, liberados
de su encierro, comenzaron a retornar al presente por el mismo
camino andado hacía ya muchos años. Volvía a vivir.
Mi
camino es la historia de mi vida, contada a grandes rasgos.
Un modesto trabajo en cuyas líneas trato de asentar recuerdos
que permanecen grabados en mi mente y que sucedieron a lo largo
de mi viaje por el tiempo y que llega hasta nuestros días,
como el viento que ha acariciado mis años.
Ayer,
es un tiempo cercano. Puede ser también de manera figurada
considerado un tiempo lejano. De éste, inicia Mi
camino hasta
cuando la primavera de los años ha dado paso al otoño.
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